martes, 3 de septiembre de 2013

El Niño De Los Pantanos

El niño de los pantanos

"Los amantes de la noche cometen a menudo el error de intensamente apasionar su corazón y llenarlo de lunas y de estrellas, y luego, entre tanto candor nocturno se ven envueltos por una noche sin luna. Con los pies hechos raíces en la oscuridad y con los ojos negros en las tinieblas heladas. Se embriagan tanto con el misterioso aroma de las sombras que olvidan que mientras más avanzan, más se adentran en lo oculto, lo malo que está oculto. Lo que empezó como un juego y unas tentaciones a lo desconocido y prohibido, terminó en lo único que podía terminar: una ciénaga oscura de la que no se podía regresar."

Y así empieza nuestro seguimiento a aquel niño que ven allá. Echado en la hierva al lado de ese árbol seco. Lo conocí en uno de mis viajes a visitar a los oráculos de las montañas, para averiguar el presagio de los dioses.
-¡Hey niño!- Le dije -¿No debes volver con tus padres? ¿Estás perdido?- Él no me respondió.
Me acostumbré a cruzarme con él cada vez que atravesaba los pantanos del oeste, que se interponen entre las montañas y el pueblo más cercano a la gran ciudad. Pues yo acostumbraba mucho visitar la casa de los oráculos y de sus dioses. Aún sabiendo lo poco verdadero de sus creencias, o más bien, lo muy verdadero pero poco real de estas. Yo sabía que tales dioses no existían, pero sí reflejaban grandes verdades o sentimientos del espíritu humano, que a veces, son difíciles de explicar.
Cada vez que veía al niño me preguntaba que haría allí. Él hablaba poco. La pobre criatura no tenía padres ni familiares ni conocidos, así que cada vez que podía me ocupaba de que no le faltara comida ni abrigo. Sabía moverse muy bien en la enmarañada oscuridad de los pantanos, y conocía cada rincón escondido. Muchos se pierden en estas ciénagas si no siguen el camino, y pocos saben hasta donde se extienden y de que forma.
Como no tenía nombre lo llamé Lucio, un nombre latino que muy bien le sentaba porque entre tanta oscuridad y podredumbre de los pantanos, él parecía ser la única luz del lugar, por más sucio que estaba. Sus ojos grandes eran como dos lunas en el cielo de la noche.

Lucio creció y se hizo un joven, y yo envejecía. Lucio ya era adulto y cada tanto visitaba los pueblos cercanos a los pantanos. Conocía a poca gente, le gustaba ir de noche y observar sin ser visto. Así se había criado, aunque ya era un hombre y los años habían pasado.
Yo le enseñé todo lo que pude, le enseñé a ser sociable, también lo vestí. Pero cada vez que intentaba insertarlo en la sociedad, solo causaba caos. No le agradaba a la gente. Le llamaban el hombre del pantano.También le enseñé sobre los dioses, y el cruel destino al que los hombres estamos sometidos, el sabía bien sobre las creencias del reino, pero sólo, tendría que darse cuenta de la verdad; era un camino en el que no podría acompañarlo para siempre, pues la muerte es el límite en el cual dejan de conocerse los humanos en esta tierra.

Un día, Lucio vio pasar una diligencia que venía de visitar a los oráculos y que marchaba hacia la ciudad. Su curiosidad siempre le ganaba, así que el muchacho decidió seguir silenciosamente la diligencia. La siguió entre las sombras y observó.
Era la diligencia de un grupo de caballeros, todos hablaban de honor, de valentía y de amor con damas inimaginablemente hermosas. En el transcurso del viaje, Lucio se vio a sí mismo como un caballero más, y deseó honor y valentía, pero principalmente amor.
Los caballeros no se habían percatado de su presencia hasta llegar a las puertas de la gran ciudad donde lo vieron detrás de ellos siguiéndolos, Lucio se había distraído. Se le acercaron y lo rodearon, le preguntaron quién era, aunque él no respondió. Lucio solo los miraba con mirada desafiante.
El líder del grupo era un "Lord", se llamaba Algrem, y era a quién todos los demás caballeros alagaban a lo largo de todo el lado este de esas tierras.
-Si no vas a decirnos quién eres, no puedes entrar a esta ciudad. A demás mírate, todo harapiento. Es solo un mendigo- Le dijo Algrem.
-Podríamos matarlo aquí mismo- Insistió uno de los caballeros tomando su sable.
-Luego tendríamos que ocuparnos de esconder su cuerpo, y no quiero volver, estoy cansado- Replicó el Lord -Así que vayámonos, déjenlo afuera- Y así se cerraron las puertas de la gran ciudad ante las narices de Lucio que miraba tristemente la muralla de piedra blanca que se alzaba cual gigante de entre la tierra.
Se quedó parado un rato y luego oyó el sonido de cascos de caballo viniendo desde el norte. Era otra diligencia. Cuando esta diligencia pasó al lado de Lucio, pudo notar que eran mujeres las que iban dentro del carro. Pocos metros antes de llegar a la puerta, la diligencia se detuvo, y se bajó del carro una dama muy hermosa y con un gran vestido. El cochero intentó detenerla.
-¡Espere por favor, señorita! ¡No sabemos si pueda ser un ladrón!
-Es obvio que no lo es- Dijo la muchacha mientras caminaba hacia Lucio y la seguía a prisa el cochero -¿No ve que tiene un traje? ¡Pueden haberlo asaltado!
La muchacha hizo una reverencia delante de él, y Lucio solo se quedó admirando su magnífica belleza.
-Disculpe mi señor ¿Ha sido usted víctima de un asalto? Puedo ver que su ropa está maltratada y que no lleva equipaje. Por favor suba con nosotros y lo ayudaremos en todo lo que necesite- Dijo la joven.
Lucio no dijo palabra y se acercó junto con ella y el cochero a la diligencia. Luego las puertas de la ciudad se abrieron y entraron al inmenso paraíso artificial llamado la gran ciudad.
Sin embargo los ojos de Lucio no se maravillaron nada con tal espectáculo ya que estaban muy ocupados en ver los ojos de la señorita Clara Breuer, lo cual hizo que pareciera natural su indiferencia ante la majestuosa ciudad; indiferencia propia de alguien que ya conoce ese tipo de lugares, de modo que esto hizo más creíble la historia propuesta por la joven Clara, de que Lucio era un caballero asaltado.
Luego de que le dieron provisiones, le preguntaron si necesitaba algo más, Lucio simplemente hizo un gesto de agradecimiento y dio media vuelta. Giró por una de las calles y, en unos minutos, volvió por donde había venido y comenzó a seguir sigilosamente el carro. Quería descubrir donde vivía aquella bella mujer que tan cálidamente había hecho brotar en ese frío y negro corazón lo que los humanos llamamos amor. Luego decidió volver al pantano antes de que anocheciera. Ya había descubierto el nido de su amada y pensaba volver, no sabía porqué, no sabía que era lo que lo movía a tal locura, pero estaba feliz sin razón aparente. Tenía la ventaja que los guardias de las puertas oeste ya lo conocían.

Así volvió a los pantanos, y luego me buscó y me contó todo. Yo traté de persuadirlo de que no cometiera tal locura. Sin embargo mis intentos de prudencia eran vanos, todos esos intentos son vanos ante un corazón enamorado. Finalmente me rendí y arreglé sus ropas, le enseñé todos los modales de un caballero durante todo un mes, y luego de ese mes, Lucio decidió volver a la gran ciudad a buscar a aquella joven.
Fueron muchas las visitas del joven Lucio a la señorita Breuer. Parecía feliz. Le había contado su verdadera historia, le había contado que no era un caballero y que era pobre y vivía en los pantanos, entonces le ofrecieron trabajo y comenzó a vivir en la gran ciudad, y yo comencé a verlo cada vez menos seguido.
Lucio era un hombre de ciudad, trabajaba como ayudante en el ayuntamiento, vivía rodeado de negocios, poder y riquezas. Anhelaba algún día ser como los hombres de negocios.

Una noche, cuando volvía del ayuntamiento, cansado de tanto trabajo manual y mental, se llevó la mayor sorpresa de su vida, en un solo instante el infortunio de los dioses y su destino fatal parecía caer sobre él como el peso de un martillo que contiene las estrellas y los astros en su interior. Vio a su querida señorita Breuer en brazos de aquel cruel Lord, Lord Algrem. Y en ese mismo instante, todo pareció encajar. Él nunca había entendido que ella estaba comprometida con el Lord. Lucio no había entendido que ella no lo amaba, sino que era simplemente una ilusión suya, todo el tiempo lo fue, y se daba cuenta recién en ese momento. Se sentía como un completo tonto, como un niño engañado por un adulto. Era el final, ella nunca lo había amado, simplemente eran buenos modales y cortesía lo que a él le habían llenado el alma de esperanzas e ilusiones.
Corrió por la calle lateral y luego dobló por la principal, esquivando vendedores. En el correr, se sacó su abrigo y parecía tomar el vuelo de un ave de alas mojadas que tristemente no puede despegar. Ese era Lucio corriendo de la gran ciudad. Llegó a las puertas y salió bruscamente. Corrió y corrió sin detenerse, 
atravesó las llanuras y luego dos pueblos silenciados por la noche. Finalmente llegó al lugar que no visitaba nunca, el pantano, su pantano.
Se adentró en la oscuridad, lo que lo movía ya no era el amor, sino el odio y la decepción. A medida que mas corría entre las ramas y el barro, más aumentaba su ira, sus ganas de matar no solo a Algrem, sino también a Clara. Corrió entre las ciénagas tenebrosas hasta que ya no pudo ver ni sus propias manos, no se si por la oscuridad o por la ira que ensangrentaba sus ojos.
En un paso que dio, ocurrió lo que nunca le había ocurrido, tropezó con una raíz que salía del lodo negro y calló al suelo con su cara hundiéndose en aquella espantosa mezcla.

En aquel momento, en aquella caída que parecía acumular todo el simbolismo de lo que la vida le enseñaba a aquel pobre muchacho, aquel tropiezo sería definitivo. Los dioses del destino nuevamente castigaban a aquel que no tenía nada, y bendecían a los que nada les faltaba.
Se enterró en el lodo y comenzó a ahogarse, pues son conocidos esos pantanos por tragarse a la gente viva. Parecía como si la naturaleza se vengara del abandono que había sufrido. Él era su guardián, y se había ido.
Y puedo jurar, que en ese momento, en el que la vida se le iba del cuerpo, en su mente, duró varios y largos días por lo menos. Trataré de explicarles lo que sucedió, pues el alma y la mente humana son complejas, y muchas veces escapan a la realidad del tiempo.

Lucio sintió el alma salir de su cuerpo, comprendía que los dioses no eran verdaderos, pero si lo era el infortunio del destino. Podría decirse que tuvo una visión de la verdad a pesar de que estaba segado de odio.
Comprendió que la vida era una gran batalla, bastante hermosa y dolorosa. Pero no contra los hombres de honor, ni contra los hombres de negocio que lo tenían todo, tampoco era una batalla por encontrar el amor romántico. No era una lucha contra los que lo oprimían, no era una lucha contra los que lo odiaban, no era una guerra contra nadie, nadie más que él mismo. Entendió finalmente que el camino solo tiene un sentido, y finalmente el que recorre todo el camino es el que logra batallar contra sí mismo, contra las fuerzas del caos del interior humano que luchan por salir. Superar el amor, y superar el odio, es algo que pocos logran, y creo que en ese momento, Lucio lo consiguió. Su sangre no se acaloró por la fantasía del romance, y su camino no se torno enamoradizo. Su sangre no se heló con el frío odio de la venganza, y su camino no se tornó oscuro y maligno.

Lucio se hubiera dejado morir, hubiera preferido hundirse en aquel pantano oscuro y tenebroso ¿Porqué vivir? ¿Para qué seguir sufriendo? Era el gran interrogante.
Pero en ese momento, millones de años de sabiduría pasaron por su mente, y sintió correr por sus venas lo único que le quedaba: esperanza.
La última gota de esperanza fue la que impidió que Lucio muriera. Y así alzó sus brazos, y levantando su cuello y su cabeza miró al cielo oscurecido para siempre preguntándose si algún día saldría el sol. Decidió que estaría vivo para verlo salir otra vez, aunque no tuviera esa certeza. Y con lágrimas en los ojos nadó y se arrastró a una orilla y logró salir con fuerza sobrehumana.

¿Alguna vez han visto a un hombre sin un ápice de fuerzas? ¿Sin una mínima porción de motivación? Como cuando no queda nada por lo que vivir, como cuando solo está la opción de desmayarse y que el mundo siga girando y girando. El hombre cansado, el hombre sin fuerzas, el hombre que dio el último aliento de esperanza y que no puede seguir. Ese hombre, fue superado por Lucio. Él se levantó, lentamente caminó, volvió. Volvió quizás al único lugar donde podía volver. Decidió volver a la gran ciudad a visitarme a mí. Quizás yo era el único amigo que había tenido. Sus motivos los desconozco.
Cuando entró a mi casa y me vio postrado en mi cama con mi enfermedad, solo lloró sosteniendo mi mano y pidiendo me perdón. Yo le dije:
-Hijo mio. Tu has vencido, no temas, el miedo no es un buen amigo. No temas por tu alma.
Luego me contó todo esto que he escrito y me besó, yo había sido como su padre, y ahora el venía a ver a su padre enfermo, arrepintiéndose de actuar. Equivocar es lo que nos hace aprender las cosas humanamente.
Luego salió a la gran ciudad y sucedió quizás lo inevitable, pues el destino cruel no se detiene en ningún momento, pero se ve encausado, encaminado cuando las almas lo viven con virtud y aceptación. El destino parece caos hasta que se le encuentra un sentido, y ya no es tan doloroso el clavar de sus espinas en la frente.

Cuando llegaba a la casa de la señorita Clara Breuer, decidió entrar por la ventana del balcón, lo cual no le resultó muy difícil. Pero cuando entró en la habitación sus ojos se enceguecieron y su boca se enmudeció.
Un río de sangre corría por la alfombra hasta sus pies y este río brotaba del cuello de la señorita Breuer que yacía en el suelo al costado de una daga.
Se le paralizó el corazón y por al menos dos horas estuvo parado contemplando la escena sin hacer nada, sin parpadear. Para Lucio pasaron solo dos segundos. Calló en sus rodillas y sabía en su interior que nuevamente se manifestaba la realidad de las cosas delante de él. Pero esta vez sabía que volvería a sonreír, porque el sol sale para volverse a poner. Y sabía que un día, un día luego de la muerte, el sol saldría para siempre... Pero ahí yacía Clara, muerta, presa de la desesperación por su presente y futuro.
Súbitamente alguien rompió la cerradura de la puerta de la habitación, eran los guardias de la ciudad que encontraron en la escena a Lucio y al cuerpo de la señorita Breuer ensangrentando el lugar.

Interrumpo aquí mi relato, y si alguien llegase a leerlo, debe saber que esto es verdad y estos hechos acontecieron, yo mismo soy testigo y escribo en mi lecho de muerte. Los médicos me han dicho que lo más probable es que esta noche mi corazón deje de palpitar. Pero yo se que volverá a hacerlo de una vez para siempre.
Debo dejar este testimonio terminado ahora mismo y lo haré de la forma mas honorable posible antes de morir:
Lucio, más bien conocido como el hombre de los pantanos, fue condenado a muerte acusado de asesinato a un miembro de la nobleza del reino.
Fue ejecutado la misma tarde del asesinato, en la plaza central de la gran ciudad.
La ejecución fue llevada a cabo por los verdugos de Lord Algrem.

Los que saben la verdad de los hechos son aquellos que lean este testimonio. Moriré esta noche, así que, dejo mi última voluntad, mi pedido a la humanidad. Que luchen por la verdad, pues, solo hay recompensa para aquellos soldados que combaten aún después de la muerte. El que es libre de verdad, no tiene al miedo como frontera.
Los exhorto, finalmente, antes de entregar mi vida, a que ni el amor, ni el odio los dominen, sean ustedes los que puedan adueñarse de sí mismos.
Algún día nos encontraremos y nos veremos todos con Lucio que murió injustamente, pero sabiendo que él no era el que debía poner sus fuerzas, sino que debía ser solo un instrumento. Fue presa de la maldad de la humanidad, maldad que era un peso que el solía cargar en sus hombros, hasta que un buen día decidió liberarse, a pesar de la tragedia...
Sean hombres de los pantanos...